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Antes de la llegada de Roma,
la ocupación del territorio de Las Médulas se
basaba en los castros, que eran la unidad de poblamiento y
la base de la organización social. Los castros se situaban
en lugares prominentes y obtenían de sus alrededores
más próximos todos los recursos necesarios para
su mantenimiento. Eran comunidades autosuficientes e independientes
[ver
itinerario 1] y en esa economía de autoabastecimiento
la explotación del oro era artesanal, de escala reducida,
limitada al bateo de los placeres auríferos de los
ríos y arroyos de la zona. El oro obtenido era empleado
para elaborar piezas de adorno personal.
Frente a esta economía de autoabastecimiento, los
intereses del Imperio Romano
marcan a partir del siglo I d. C. la historia esta zona. Roma
organiza el territorio en civitates,
entidades territoriales mucho más amplias que las de
los castros y que articularon la administración de
la región. En el marco de estas nuevas unidades administrativas
se crea un sistema de explotación global de los recursos
que implicó una estrecha relación entre la explotación
de las minas y la de los territorios en que se encontraban.
A partir del siglo I d. C. se observa en Las Médulas
una auténtica eclosión de nuevos núcleos
de población de carácter rural, que realizan
una explotación agraria más intensa y extensa
que en época prerromana. Entonces fue cuando se introdujo
como cultivo el castaño. Aunque no se puede hablar
de poblaciones especializadas en sectores de la producción,
algunos de los nuevos núcleos identificados están
más relacionados con las labores mineras: existen poblados
en las zonas de laboreo o en las de lavado. Otros están
relacionados con la red hidráulica que abastecía
a la mina. Otros, con la fabricación de herramientas
de hierro, como el poblado metalúrgico de Orellán
[ver
itinerario 3]. Algunos núcleos, como Las Pedreiras
de Lago, estuvieron situados en la cúspide de la organización
del poblamiento: en ellos habitarían los grupos dominantes
locales, encargados de ejercer el control en la zona.
Los habitantes de la zona eran de origen local y proporcionaban
el grueso de la mano de obra para el trabajo en las minas.
Se trataba de trabajadores libres, que con sus jornadas pagaban
parte del tributo que las civitates
debían al fisco imperial.
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